21
Nov
09

El gran círculo

En honor a Yolanda La Cruz Rodríguez de León
por su hija Marianella León La Cruz ©2009

el gran círculo

Estar frente al gran círculo nos hace añorar el lugar donde nacimos.

Un pueblo en las montañas de Ayacucho, un rincón perdido entre el cielo y la tierra.

Una naturaleza llena de contradicciones. Un volcán nevado durmiendo extinguido, y en el valle a sus pies, una laguna azul como una isla marina de agua salada.

En el centro del pueblo junto a la iglesia, la antigua tienda de la familia. Y junto a ella, como apolvorada manzana de la discordia, una casa antigua de barro y paja, abandonada por los años, derruyéndose con las lluvias de  cada cambio de estación.

A Yolita la conmovían las nostalgias de una infancia lejanísima. Sus placeres de niña buena. La mantequilla derritiéndose en el pan recién horneado en la cocina de la abuela, en un horno con forma de iglú .

El horno era el ombligo del mundo. El horno era el vientre caliente de la Pachamama. El horno del hogar maternal era una cueva de tierra donde la alquimia de la harina, la levadura y el agua producía el milagro del pan nuestro de cada día, para untarlo de mantequilla y mojarlo en el café con leche, y ver la mantequilla derretida formando burbujas doradas sobre la superficie de leche hirviendo, leche fresca, acabada de ordeñar, perfumada y coloreada con esencia de café destilado gota a gota.

Yolita se aventuraba a quemarse la punta de los dedos, al sacar la miga de pan aún humeando, y amoldar antes de que la maza enfríe y pierda la blandura, las pequeñas esculturas en forma de tazas, platillos y frutas que formaban su colección de miniaturas.

De niña Yolita sentía que vivía en la abundancia. Tenía una familia inmensa, en un pueblo chico donde se repetían los mismos nombres y apellidos, en un gran ayllu en donde todos eran medio parientes.

Vivían en un pueblo en el medio de la Cordillera de los Andes, donde la tierra emerge alta y profunda, formando cadenas de montañas por donde bajan los ríos, cuando las cumbres nevadas se derriten, para hacer florecer los valles, y al alcanzar las mesetas, adornarlas con lagunas azules como turquesas y lapizlazuli de cristal líquido.

Las aguas de la laguna junto a su pueblo eran saladas y decían que cuando se secaba por completo de tiempo en tiempo, se podía recoger la sal blanca. Sal de laguna de cristal. Agua de nevado de volcán regresando a su estado sólido primordial.

Al pie de tanta belleza crecía un pueblo que siempre sería chico, avanzando a pasos lentos hacia el progreso del siglo XXI. Tras gran esfuerzo de la comunidad, la gente se sentía orgullosa de haber enladrillado la plaza principal, remosada con una reja azul como el agua de la laguna, protegiendo los arbolitos y palmeras recién plantados.

De noche se podía divisar el pueblo a cierta distancia gracias al por fin logrado alumbrado público, y enmarcado en la oscuridad mas absoluta, el pueblito parecía un nocturno altar alumbrado por velas de luz amarilla.

En las alturas de los Andes, donde se está lo mas humanamente cerca al cielo, pero infinitamente lejos de la fraternidad del hombre, ignorados por la atención del mundo, donde la gran parte del tiempo sólo se puede estar esperanzado en la ayuda de una mano milagrosa. En este aislado lugar, favorito de los dioses y olvidado de los hombres, es un paso natural buscar apoyo en lo divino, entregar la fé al fervor religioso, y venerar el culto de los santos.

En este pueblo de la sierra, el fervor religioso se volvía fiesta. De lo dulce rojo del vino, consagrado en la única iglesia del pueblo, se salía a buscar en la plaza de armas, el dorado amargo de la cerveza y la chicha. De la sangre de Cristo en el altar, se procuraba derramar la sangre de los toros en la arena. Se mudaba el latín de los tres golpes de pecho, por el zapateo a duo al son pentatónico de un huayno en quechua.

A la fiesta del santo patrón del pueblo, regresaban cada año los que se fueran aterrorizados por el terrorismo, deshalojados por el desempleo, o simplemente aburridos por la falta de tecnología.

Regresaban a buscar el vuelo de las parihuanas, a ver si a ellos tambien esos flamencos andinos se les aparecerían en sueños para inspirarlos a inventar emblemas patrios de libertad, paz y sangre.

Volvían a caminar sobre las huellas de los caballos de paso, los toros de casta, las parihuanas, y con mucha emoción al encontrarlos, los rastros de las vicuñas ariscas recuperándose del peligro inminente de ser una especie de fauna extincta. Regresaban por caminos de la infancia a recorrer la orilla de la laguna azul, a probar el dulce de sus aguas salinas.

Invocaban al Santo patrón del pueblo, mientras contemplaban la cima del volcán nevado, el Paukar de Sara Sara, cada vez menos blanca de nieve derritida por el cambio de clima, pidiendo el milagro ecológico de parar el tiempo.

Reían, bailaban, bebían mucha cerveza y mucha chicha, echándole un chorrito al suelo para honorar a la Pachamama.

Se rompían a golpe de martillazos decenas de botellas de champán – no francés – para abrir cada ceremonia de inauguración de algo, que el primer ladrillo en la plazita de Armas, que la adquisición de computadoras, que el nuevo servicio de internet; derrochando millones de burbujas en honor a Pullo y a su santo patroncito, San Antonio de Padua, para que interceda por toda la comunidad.

Se tocaban marchas estridentes por bandas ambulantes de cornetas y trombones y la gente bailaba en las calles.

Se celebraba la mezcla de culturas, cada una sin perderse en la otra. Se le hacía honra a España, pero con el orgullo de saber que el Inca acostumbraba hospedarse en el Incahuasi cercano, que calmaba sus inquietudes en sus aguas termales y sumergía los pies de hijo del dios sol Inti en la laguna de Parinacochas. Porque al fin y al cabo en el pueblo se bailaba mejor un huayno que un paso doble.

En uno de estos viajes a las fiestas, Irma, la hermana menor de Yolita, visitó la casa de Pullo de sus padres, tal vez con la esperanza de hospedarse, y hasta quien sabe celebrar. Pero, entre la casa que ella recordaba y el estado en que realmente se encontraba había mas que el abismo de la memoria. Encontró la primera morada de su vida, y la tienda de su madre, colindante a la casa,  inevitablemente derruyéndose sin sentido, despues de permanecer cerradas por mas de cuarenta años. La casa estaba triste y sola. Había quedado huérfana de una madre que horneara pan cada mañana, y de unos niños que hicieran juguetes de miniatura con las migas de pan caliente.

La casita parecía mas pequeña de lo que Irma la recordaba, y sus paredes de adobe se imponían en su anchura a un espacio reducido. El viejo techo de paja, construído a la par de la usanza de todo el pueblo, había recibido demasiadas lluvias y granizadas, como tardes de ese sol ardiente de los andes, para mantenerse en una pieza. Entonces, para mitigar la nostalgia y la decepción de los efectos traicioneros del tiempo y el abandono, en un impulso de generosidad, tuvo la iniciativa afortunada de donar a la iglesia, como parte de su herencia, la tienda para que fuera “de utilidad para algun bien”. Tanto el hermano mayor, Lucho, que era aviador de las fuerzas aereas, como el menor, Jorge, que era ingeniero geólogo en la mina de hierro de Marcona, quienes estaban presentes en la fiesta de ese año, aprobaron que Irma donara mucho mas de la quinta parte de la herencia que le correspondiera a quedar bien con San Antonio. Pero entre chicha y chicha y corridas de toros, los tres descuidaron compartir las buenas nuevas con Yolita, quien sabe por qué razón o sin ella.

Yolita no supo nada de esta donación hasta despues de muchos años, por aviso de su prima Charo Geldres que había ido de visita a Pullo para vender su casa. Le informó que en el terreno de lo que era la tienda, la iglesia había construído la nueva casa cural. La vieja tienda de paredes anchas de adobe de casi un siglo, con su techado de paja andina, había sido remplazada por una nueva construcción de materiales nobles: el progreso. Yolita se vio a si misma de jovencita, ayudando en el mostrador a vender el pan y los dulces que su madre preparaba en ese horno gigantesco de la casa. Visualizó ese mismo espacio cumpliendo la función de dispensario de medicinas para los enfermos y puesto de venta de útiles escolares para los niños, tanto así como de despacho de los asuntos parroquiales. Por sus puertas desfilaban todos los enamorados que querían atar los lazos del matrimonio, los padres de recién nacidos a procurar su bautizmo. Se inscribían a los niños en clases de catecismo para prepararlos a recibir la primera santa comunión. Se dispensaban partidas de bautismo tanto como de defunción; y se atendían las necesidades y gestiones religiosas de todos los parroquianos, desde la consagración de una nueva vida a la fé cristiana hasta las misas para el descanso del alma eterna. Yolita se sintió iluminada al saber que desde ese punto del universo se atendieran todas las funciones celestiales de todos los sacramentos. En su visión apareció la imagen de su madre, María Magdalena, sonriendo con satisfacción; y ella también se sintió satisfecha.

María Magdalena Rodriguez Leiva

La casa materna de la infancia era para Yolita como un paraíso mítico. Los recuerdos se volvían diminutos desde sus memorias de niña. Recordaba los muebles del dormitorio de su madre, la cama matrimonial, erguida en bronce, incrustada con adornos de conchaperla; los suaves edredones rellenados de lana de oveja para el frío, las sábanas y fundas de almohadas bordadas con diseños primaverales y las grafías iniciales de sus nombres. Lo que recordaba con mas fascinación eran las jarronas de loza pintadas a mano con flores rosadas y hojas verdes, para bañar las grandes tinajas de principios de siglo con agua tibia para las abluciones del cuerpo. Elegantes y finas artes decorativas de otrora.

¿Dónde habrían ido a parar todos los muebles y los atesorados enseres de la casa? – siempre se preguntaba con tristeza. Imaginaba manos anónimas llevándose las pertenencias de su madre, sus jarras floreadas, sus tinajas de loza. Tenía una frustrada nostalgia del tiempo y el espacio que de tan lejanos no los podía alcanzar.

Aún existía en la parte lateral de la casa un cuarto con puerta a la calle, cerrado con candado y llave donde depositaron lo que pudo caber antes de salir del pueblo. Algunos lo llamaban el cuarto del misterio, porque nadie tenía una idea de lo poco o lo mucho que quedaría todavía guardado despues de mas o menos una sextena de años.

En algún momento Carlos “Laucha”, el penúltimo de los hijos, quien en sus andares de soltero viajaría a Pullo por las fiestas, se percató del deplorable estado del techado de paja, que desnudado por los vientos y afligido por las aguas (en varios grados de solidificación), de la a veces implacable naturaleza andina, despues de innumerables tormentas ya no cumplía su función protectora. Con objetivo de proteger la estructura de adobe de la casa de sus padres, Carlos Laucha se acomedió a restaurar el techo, encomendando a un pariente a instalar planchas de calamina, que en ese tiempo coronaba las casas mas modernas de Pullo construídas de material noble.

Cada vez que Yolita pensaba en su casa de Pullo, su mirada se suspendía en el espacio. Los ojos se le volvían hacia dentro, buscando ver con claridad un detalle que el paso del tiempo hacía cada vez mas borroso.

Yolita recordaba su infancia como una época idílica. La casa donde nació quedaba junto a la iglesia, a media cuadra de la plaza de armas. Era un tiempo de paz. Su madre Magdalena era la dueña de lo que llamaban “el fundo” de Calla Calla. Una extensión de tierra agrícola heredada de sus padres. Yolita ya de mayor refexionaba: “No era un ‘fundo’. Un fundo es algo pequeño, era grande!” Tal vez en la memoria de sus ojos de niña, la tierra cultivada de esos campos le pareciera una hacienda de mayores proporciones. En el fundo cultivaban lo que la tierra da en las alturas de los Andes. Papas de todos los colores. Choclos con mazorcas y granos de todos los tamaños. La rica quinua, alimento de los hombres y los dioses incas. La tierra era fertil y generosa. Las lluvias fieles. Las estaciones largas.

Yolita recordaba que su trabajo como hija de la hacendada, era repartir entre los trabajadores la ración diaria de hojas de coca. “Los indios -decía- sin su coca no trabajaban”. La coca considerada como un artículo de lujo en tiempo de los incas, a ser utilizada durante los ritos sacerdotales únicamente por los emperadores incas y la nobleza cuzqueña, fue utilizada por los conquistadores españoles como estimulante para extender las horas de la jornada de trabajo de la mano de obra indígena. Después de varios siglos de esta práctica, el uso de la coca se convirtió para los indios de un lujo y acto ritual, en una necesidad diaria. La coca mitigadora del hambre, la sed y el cansancio. La coca chacchada despacio. La coca planta mágica, curadora de dolores. Según lo dicho en las profesías indias: “La coca nos hace fuertes, pero a los otros los hará débiles.” La coca conocida por los indios como la hoja sagrada. Regalo real del inca para compensar los servicios de los fieles. Hoja sobrenatural para despedir a los muertos. La coca compartida entre hermanos. La coca terapéutica, elemento indispensable de apoyo para la seguridad emocional del hombre del Ande. Yolita recordaba que los indios esperaban en fila su turno de recibirla, y la responsabilidad de ella era repartir una porción equitativa y adecuada, y como los indios guiñándole el ojo le pedían humildes: “Dame un poco mas patroncita…”

Erythroxylum coca

Yolita, críada en una familia agropecuaria, hubiera querido ser ingeniera agrónoma. Su madre dirigía la producción agrícola de toda la hacienda, y su padre se dedicaba a la parte comercial. Francisco montado a caballo, protegido por un grueso poncho de alpaca, que Magdalena había encargado tejer de forma especial para que repeliese el agua de las lluvias; viajaba a los mercados de las comarcas cercanas para repartir las encomiendas de papas, choclos y demás productos. Magdalena y los niños atendían la tienda de abarrotes para el abastecimiento local. Los relatos de Yolita de los viajes de su padre se llenaban de nombres recurerrentes. Nombres pre-colombinos que se repetían como un eco. Cora Cora. Calla Calla. Sara Sara. Nombres que se remontaban a las visitas del Inca. Incahuasi. La casa del Inca. En uno de esos viajes Francisco sufrió un accidente de caballo. Al caer de cara su cabeza dió contra una piedra, causándole una contusión que a falta de cuidado inmediato le dejara un chinchón permanente en la frente. Entre sus hijos y sobre todo entre sus nietos, este percance fue inmortalizado en un nombre atribuído por la marca que le quedara para toda la vida. Entre sonrisas llamaban al abuelo: El Conde del Chinchón.

Francisco Moises La Cruz Cuadra

Magdalena era una hacendada muy querida por la gente que trabajaba para ella. La indiada. Cholas pollerudas con trenzas gruesas. Indios peones fuertes de sombrero y ojotas. Magdalena se comunicaba con ellos en su propio idioma, el quechua, o kechwa, según se adoptara una ortografía mas española o mas fonética. La lengua impuesta por los Incas a todas sus conquistas. La lengua de los hombres. El Runa Simi. Opuesta a la lengua secreta de los dioses, que solo era enseñada a la familia real. Ayacucho, estando tan cerca del Cuzco, el ombligo del mundo en el imperio incaico, había adoptado hacía mucho tiempo la lengua de los hombres y desarrollado un quechua que sus hablantes de otras regiones consideraban muy dulce. Magdalena hablaba en quechua con sus amigas y parientes, pero no quería que sus hijos lo aprendieran, para no interferir con la adquisición de un buen castellano, sin interferencias de pronunciación, entendimiento o gramática. Quería que sus hijos triunfaran en el mundo, que reciban educación formal y sean profesionales, y el quechua no tenía lugar en ese mundo. Por tanto, evitaba que sus hijos aprendieran el Runa Simi, convirtiéndolo así para ellos en la lengua secreta de los hombres.

La curiosidad infantil fue mas fuerte que cualquier restricción de conveniencia educativa. Yolita y sus cuatro hermanos; Lucho, Irma (llamada también La China, por sus ojos levemente razgados), Carlos (Laucha por razones desconocidas) y Jorge, el menor, juntaban los pocos centavos de propina recibidos para comprar dulces, dados como premio de obedencia por cumplir sus tareas de la casa, y se los entregaban a las indias encargadas de cuidarlos, a cambio de que les enseñasen las palabras de esa dulce lengua ancestral.

Fue así como sin que lo supiera su madre, y rompiendo en inocente ironía el voto de obediencia a los padres, aprendieron esa segunda lengua, que sólo usaban con los sirvientes, o cuchicheando entre ellos cuando sus padres no los oyeran. La lengua inca se volvió un código secreto por partida doble. Los mayores hablaban en quechua aquellos mensajes privados que no querían que los niños entendieran y éstos se entretenían en representar la quimera de no poder entender de qué se estaba hablando o riendo a carcajadas.

Cada noche Magdalena reunía a los empleados de la casa y los hacía sentar en la alfombra redonda del salón de visitas para leerles la Biblia. Le gustaba relatarles historias bíblicas y para que las entendiesen mejor, se las contaba en su primera lengua andina. De esta forma, Yolita y sus hermanos aprendieron toda la gama de ese idioma vernacular también de la boca materna, enriqueciendo su vocabulario y uso gramatical.


Continuará…

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